Me voy a imaginar por un momento que soy de plástico.
Un plástico no muy duro, pero tampoco blando. Me puedo doblar pero no mucho porque me quiebro. Me puedo decolorar si me da mucho el sol. Incluso, si me acerco al fuego, puedo derretirme. Me puedo mojar y no me pasará nada. No peso mucho, pero tengo un importante tamaño.
Soy de plástico. Fui fabricado y me vendieron a buen precio. Algo barato quizás. Soy un objeto, no muy delicado, tampoco muy elegante, algo decorativo, pero puedo pasar por un juguete dependiendo de quién me tenga. Plástico, un objeto plástico.
Al ser asi, no tengo mucho riesgo de romperme, pero seguramente soy un objeto re común. Si fuera de cristal, seguramente me vería muy bien como, no sé, centro de mesa, o para cenas importantes, además sería más frágil y me cuidarían más. Pero no, soy plástico.
Ahora bien... Me podrían tirar al suelo, después de muchas caídas, podría romperme. Me podrían mordisquerar mucho, después podría deformarme. Me podrían calentar y me derretiría como ya dije. Me podrían llevar de aquí a allá y aguantaría los viajes. Me podrían regalar o romper y fácilmente reemplazarme. Las cosas de plástico que en si no son juguetes, suelen ser baratas.
Si yo fuera plástico no me preocuparía por vivir, por aprender, por amar, por estar en cual o tal lugar, porque me dieran uso o me dejaran llenar de polvo. Me tirarían a la basura y de última podrían reciclarme. No sería felíz o infelíz. No tendría alma, no tendría corazón, no tendría que pensar, olvidar, entender nada. Sería un inerte objeto sin preocupaciones, sin necesidades, sin nada que perder ni objetivos que lograr. No dependería de nadie y si me usaran y luego me desecharan, mi vida útil habría cumplido su objetivo.
No lloraría, porque el plástico no llora. No me reiría, porque el plástico no ríe. No hablaría, porque el plástico no habla. No extrañaría, no respiraría, no amaría, porque el plástico no extraña, ni respira, ni ama. Es sólo plástico. Es un objeto innanimado. Eso sería yo.
Podría servirle a una persona, a dos, a tres, a miles. Quién sabe. Pero podría servirles y ya. Sé que hay personas que cuidan mucho sus cosas, algunas hasta nombre les ponen, pero el plástico no puede retribuír ese cariño o protección, mucho menos responder o reconocer ese nombre. Yo soy una de esas personas que le tienen cariño a sus cosas y hasta les pongo nombre... Ahí está el quiebre.
Soy una persona.
No soy un objeto plástico, ni de oro, ni cristal. No soy un objeto. A mí no me pueden andar vendiendo, rompiendo, dejando, llevando y trayendo. No sé si sea una razón, no sé si sea una estrella, no sé si sea un payaso, no sé si sea un mapache, no sé qué más pueda ser. Me gusta ser esas cosas, pero no me gusta ser un objeto a secas. Soy una persona y varias personas a la vez. Es así, soy muchas versiones de mí mismo y en todas soy una persona que da lo que tenga que dar, en el momento que deba o sienta dar. Soy una persona con mucha paciencia, sea ésto un don o estigma.
Soy una persona y amo, respiro, extraño, recuerdo y olvido, me muevo, vivo. Que busca saber qué es la felicidad y encontrar tal cosa, si es que es bueno. Soy una persona, que cuestiona, que ofende, que defiende, sonríe y llora. Una persona que come, caga y duerme.
No le tengo miedo a la muerte. Temo más a que se me rompan o pierdan las cosas que a la muerte. Porque sé que morir, las personas como yo y otros seres vivos se mueren. Pero como persona, claro que el no tenerle miedo y saber que sucede, no evita que pueda ponerme triste. Las personas se ponen tristes. Ustedes podrán decir: "pero las cosas también se rompen o se pierden... y es parecido a la muerte de las cosas...". Ajam, pero es claramente distinto, dado que las cosas se fabrican por lo general de a varias, que sean fácilmente reemplazables. Las personas no. Aunque muchas son olvidables, reemplazables no.
Como sea, no soy un objeto, soy una persona y al fin me encontró alguien que me quiere como persona así todo defectuoso de fábrica, valga la paradoja con el resto de la entrada. Dicho sea de paso, quiero agregar (en especial se lo digo al alguien que me encontró), que si me van a usar de juguete sexual, que se acuerde que no soy de plástico.
Así que nada de andarme vendiendo, llevando o trayendo, rompiéndome y arreglándome así porque sí y eso.
Me padres me hicieron, no me fabricaron.
La Catapulta de Pensamientos que Apunta al Cielo
[Foto de Julia Montich]
Bienvenidos a este espacio de reflexión. Escribo por mí y por ustedes, para mí y para ustedes. Siéntanse libres de pasar a leer, comentar, criticar, recomendar y cuestionar si así lo desean. Pónganse en la piel del Bueno o del Malo, pero nunca dejen de ser ustedes. Si puede adueñarse la entrada, pues, es suya. Adelante.
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martes, 20 de septiembre de 2011
jueves, 1 de septiembre de 2011
Ya no te abriré la ventana
Hay pocas cosas que me acorazan tanto y me desarman a los pocos segundos como el ver llorar a un miembro de mi familia. Entendamos "familia" como un todo en donde incluyo a mis parientes cercanos y a mis amigos. Pero más aún me parte el alma (si es que existe o tengo tal cosa) es ver a toda mi familia llorando al mismo tiempo.
Yo no comparto mucho la definición de "mascota". Yo soy de los que cuando me preguntan: "cómo se llama tu perro?" respondo: "no es un MI perro, es Wallace". Yo sé que los animales que uno adopta son parte de la familia, no "mascotas".
Hoy, hace un par de horas me tocó decirle adiós a un amigo, a alguien de mi familia. Era un gato. Su nombre era Chiquito Mameno. Lo irónico es que no me gusta despedirme y esta vez... tampoco llegué a despedirme.
Cuando iba llegando a mi casa, lo vi venir trotando del jardín de la casa de al lado, como siempre. Me frené en la puerta de mi casa y lo esperé, a veces entraba conmigo; otras veces no entraba y tenía que abrirle la ventana del frente para que entrara. Ésta vez no tuve que abrir.
Lo escuchamos llorando, abrimos la puerta y me asusté al verlo arrastrarse. Qué gato! El cabrón vino arrastrándose desde el jardín de al lado. Sabía que tenía que volver a su casa a decir algo más... Lo subí a la mesa, lo revisé y no tenía nada, sólo jadeaba y no quería ni tomar agua. No podía pararse y aún así me arañó para que lo soltara. Se tiró de la mesa, quería estar en el suelo. La más joven de la familia, que en realidad lo dobla (o doblaba) en tamaño se acercó a olerlo, él se quejó.
Lo llevaron al veterinario mi hermana y mi madre. Yo me quedé esperando. Llamé a mi padre y le avisé, me dijo que iría directo al veterinario. Yo también estaba preocupado por un mensaje que me dejaron: "Feli, my dear, la vida da asco. Sé feliz y pásala bien en la tuya". Intenté llamar a esa persona, pero antes me interrumpió otro mensaje: "Hay que dormirlo".
Corrí. Corrí como hacía mucho no corría. Corrí con todo mi aliento. No quería llegar tarde. Ya no quiero llegar tarde a ningún lado...
Llegué tarde igual...
No pude despedirme de mi amigo, ni siquiera pude recibirlo en este mundo. Cuado nació yo estaba de viaje. Al nacer era peladito y feo. Había nacido dos horas después que sus hermanitas me contaron. Todos habían elegido un favorito y yo me quedé con ese. Como era Chiquito así lo llamamos y después también le dijimos Mameno. Cuando volví, creo que un par de días después le agarró fiebre. Todos pensaron que moriría pero yo no. Sabía que viviría y sería enorme. Esa vez tuve razón. Lo cuidé, lo resguardaba en mi mano (con una sola mano me alcanzaba para resguardarlo, era de verdad muuuy chiquito).
Tuve razón, como nunca, tuve razón. Sobrevivió y se volvió enorme. Era un grato gigante, también lo fue de tamaño. Llegó a pesar 4 kilos y 750 gramos. Claro que yo tenía un caso pasado de amparo.(*)
No pude despedirlo, pero espero que no haya sentido que lo abandoné... Espero que no haya sentido eso... Espero que no haya sufrido...
Según lo que dijo el veterinario era la mejor opción. Mi madre tuvo la última palabra, no sé porqué. Yo no siquiera estaba en ese momento. Cuando llegué lo único que pude hacer es querer acariciarlo, pero ya no respiraba. Sus ojos estaban perdidos, tengo esa imagen en la mente.
No lloré. No podía llorar. Mi familia perdía a alguien y los que quedámos estábamos mal. Mis padres y mi hermana lloraban mucho. Yo no podía llorar, no sé si no quería o de verdad no podía, pero abracé a mi padre. Nunca lo había escuchado llorar tan mal.
Me pasaron mil cosas por la mente. Me pasaron por la mente la primer gatita de la familia, Malú, que apenas recuerdo. Pasaron por mi mente Simon y Gretel, el par de hámsters que sonaban su ruedita a las 3 de la mañana. Piop el canario de Mozambique, que no se cansaba de picotearme los dedos. Negrito, ese gato pura fibra que siempre volvía magullado por pelear con perros hasta que un día no volvió. Rayis Pinocha, la gatita muda que desapareció, igual que Saturno Gordín, que prefirió perdido que castrado. Malita, la gata gemela malvada. Incluso me acordé de Kima y Fósforo, dos perros a los cuales les tuve mucho cariño aunque no eran de mi familia directa.
Pensé en familiares que ya no están. En familia que podrían no estar. En mí. Pensé en la gente que traeré al mundo. Pensé que ya no quiero llegar tarde.
No pude despedirme de mi hermano gato. Ni de ninguno de los anteriores nombrados. Por alguna razón, cuando yo no estoy o no puedo estar, suceden estas cosas...
Amigo, ya no te voy a abrir la ventana para que entres. Ya no me vas a tirar las cosas de la mesa con tu cara de enojo cuando no te quiera abrir la ventana para salir. Ya no te vas a comer la comida de tus hermanas ni de tu madre... ni la mía. Ya no te acariciaré ni me llenarás de pelo la ropa. Ya no te veré más que en fotos y en mi memoria.
No llegué a despedirme hace tres horas... pero ahora te lo digo:
Adiós hermano gato.
Ja. Ahora cazarás pájaros en el otro mundo.
___________________________________________________
(*) (Es la historia de cuando adoptamos a Wallace, que le agarró fiebre y pensaron que moriría... dormí con él dos días... ahora es gigantesco ese perro. Años después sucedió lo mismo... je. Dormí con él en el suelo esa noche. Sobrevivió y creció más.)
___________________________________________________
"No llores solito" me dijo. Salí a correr con Wallace recién... debía cansarme... me frené a unas cuadras de mi casa, me acerqué a abrazar al perro y me senté en el pavimento. El canino morocho me acompañó. No lloré solito.
Yo no comparto mucho la definición de "mascota". Yo soy de los que cuando me preguntan: "cómo se llama tu perro?" respondo: "no es un MI perro, es Wallace". Yo sé que los animales que uno adopta son parte de la familia, no "mascotas".
Hoy, hace un par de horas me tocó decirle adiós a un amigo, a alguien de mi familia. Era un gato. Su nombre era Chiquito Mameno. Lo irónico es que no me gusta despedirme y esta vez... tampoco llegué a despedirme.
Cuando iba llegando a mi casa, lo vi venir trotando del jardín de la casa de al lado, como siempre. Me frené en la puerta de mi casa y lo esperé, a veces entraba conmigo; otras veces no entraba y tenía que abrirle la ventana del frente para que entrara. Ésta vez no tuve que abrir.
Lo escuchamos llorando, abrimos la puerta y me asusté al verlo arrastrarse. Qué gato! El cabrón vino arrastrándose desde el jardín de al lado. Sabía que tenía que volver a su casa a decir algo más... Lo subí a la mesa, lo revisé y no tenía nada, sólo jadeaba y no quería ni tomar agua. No podía pararse y aún así me arañó para que lo soltara. Se tiró de la mesa, quería estar en el suelo. La más joven de la familia, que en realidad lo dobla (o doblaba) en tamaño se acercó a olerlo, él se quejó.
Lo llevaron al veterinario mi hermana y mi madre. Yo me quedé esperando. Llamé a mi padre y le avisé, me dijo que iría directo al veterinario. Yo también estaba preocupado por un mensaje que me dejaron: "Feli, my dear, la vida da asco. Sé feliz y pásala bien en la tuya". Intenté llamar a esa persona, pero antes me interrumpió otro mensaje: "Hay que dormirlo".
Corrí. Corrí como hacía mucho no corría. Corrí con todo mi aliento. No quería llegar tarde. Ya no quiero llegar tarde a ningún lado...
Llegué tarde igual...
No pude despedirme de mi amigo, ni siquiera pude recibirlo en este mundo. Cuado nació yo estaba de viaje. Al nacer era peladito y feo. Había nacido dos horas después que sus hermanitas me contaron. Todos habían elegido un favorito y yo me quedé con ese. Como era Chiquito así lo llamamos y después también le dijimos Mameno. Cuando volví, creo que un par de días después le agarró fiebre. Todos pensaron que moriría pero yo no. Sabía que viviría y sería enorme. Esa vez tuve razón. Lo cuidé, lo resguardaba en mi mano (con una sola mano me alcanzaba para resguardarlo, era de verdad muuuy chiquito).
Tuve razón, como nunca, tuve razón. Sobrevivió y se volvió enorme. Era un grato gigante, también lo fue de tamaño. Llegó a pesar 4 kilos y 750 gramos. Claro que yo tenía un caso pasado de amparo.(*)
No pude despedirlo, pero espero que no haya sentido que lo abandoné... Espero que no haya sentido eso... Espero que no haya sufrido...
Según lo que dijo el veterinario era la mejor opción. Mi madre tuvo la última palabra, no sé porqué. Yo no siquiera estaba en ese momento. Cuando llegué lo único que pude hacer es querer acariciarlo, pero ya no respiraba. Sus ojos estaban perdidos, tengo esa imagen en la mente.
No lloré. No podía llorar. Mi familia perdía a alguien y los que quedámos estábamos mal. Mis padres y mi hermana lloraban mucho. Yo no podía llorar, no sé si no quería o de verdad no podía, pero abracé a mi padre. Nunca lo había escuchado llorar tan mal.
Me pasaron mil cosas por la mente. Me pasaron por la mente la primer gatita de la familia, Malú, que apenas recuerdo. Pasaron por mi mente Simon y Gretel, el par de hámsters que sonaban su ruedita a las 3 de la mañana. Piop el canario de Mozambique, que no se cansaba de picotearme los dedos. Negrito, ese gato pura fibra que siempre volvía magullado por pelear con perros hasta que un día no volvió. Rayis Pinocha, la gatita muda que desapareció, igual que Saturno Gordín, que prefirió perdido que castrado. Malita, la gata gemela malvada. Incluso me acordé de Kima y Fósforo, dos perros a los cuales les tuve mucho cariño aunque no eran de mi familia directa.
Pensé en familiares que ya no están. En familia que podrían no estar. En mí. Pensé en la gente que traeré al mundo. Pensé que ya no quiero llegar tarde.
No pude despedirme de mi hermano gato. Ni de ninguno de los anteriores nombrados. Por alguna razón, cuando yo no estoy o no puedo estar, suceden estas cosas...
Amigo, ya no te voy a abrir la ventana para que entres. Ya no me vas a tirar las cosas de la mesa con tu cara de enojo cuando no te quiera abrir la ventana para salir. Ya no te vas a comer la comida de tus hermanas ni de tu madre... ni la mía. Ya no te acariciaré ni me llenarás de pelo la ropa. Ya no te veré más que en fotos y en mi memoria.
No llegué a despedirme hace tres horas... pero ahora te lo digo:
Adiós hermano gato.
Ja. Ahora cazarás pájaros en el otro mundo.
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(*) (Es la historia de cuando adoptamos a Wallace, que le agarró fiebre y pensaron que moriría... dormí con él dos días... ahora es gigantesco ese perro. Años después sucedió lo mismo... je. Dormí con él en el suelo esa noche. Sobrevivió y creció más.)
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"No llores solito" me dijo. Salí a correr con Wallace recién... debía cansarme... me frené a unas cuadras de mi casa, me acerqué a abrazar al perro y me senté en el pavimento. El canino morocho me acompañó. No lloré solito.
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